miércoles, 3 de enero de 2018

Incendios

Allí donde todos los que apoyábamos el codo nos sentíamos incompletos, donde mirábamos demasiadas veces el fondo del vaso de tubo o de pinta, donde el humo inundaba la escena creando una niebla densa. Allí donde ardíamos cada noche. Donde las cenizas de los recuerdos tiznaban el alma de negro y las pavesas de sentimientos revoloteaban entre los presentes buscando dónde pararse y a quién incendiar por dentro.

Allí mismo la encontré. Con la mirada vacía y el escote abierto, casi pidiendo que le abrieran el pecho y registraran en busca de un corazón que no sentía. La mano fría, las llamas en el interior.

Me miró casi con indiferencia, como otro loco más de los que frecuentábamos aquel tugurio. Dije tres tonterías. Sonrió. Fui a marcharme y me agarró la mano. Se acercó y me susurró al oído: 
- Incendiémonos esta noche, echemos un polvo y seamos mañana cenizas. 



Siento cómo me muerden el alma las fauces de la razón (Arri).

jueves, 28 de diciembre de 2017

Eternidad

Me miró fijamente a los ojos, tan intensamente que podía notar cómo, con sus dedos acariciaba cada pedacito de mi alma rota y cómo los giraba, intentando encajarlos entre sí para formar un todo completo.

Yo le susurré al oído que era un juguete roto, y viejo, y abandonado.

Ella me besó la boca y me llamó tonto y necio, mientras atusaba mi barba. 

"Tienes algo indestructible justo aquí"-y tocó con delicadeza con su dedo índice el lado izquierdo de mi pecho. "Está viejo y oxidado, rechina y enmudece cuando quiere, pero aún late, y quiero que sea mío. Prometo curarlo, y cuidarlo con besos, engrasarlo con mi saliva y flujos, y ser la única que pueda llegar a tocarlo".

Después dejo caer su vestido al suelo, me arrancó la camisa y me mordió el cuello. Agarré sus senos  y a horcajadas se sentó sobre mí. Recorrí cada centímetro de su piel con mis manos, exploré cada arruga, cada lunar, cada pliegue corporal, me enamoré de su mirada, y de la sinceridad que escupían sus sonrisas, de la ternura de sus caricias y la lascivia que emanaba de sus ojos mientras, desnuda, se mordía el labio inferior.

Y en aquel momento fuimos uno, uno para toda la eternidad.


martes, 12 de diciembre de 2017

Sunshine & Gunpowder

No preguntaste si había hueco, o si estaba ocupado. 

No te importó el desorden imperante, los restos de sangre, los impactos de bala, el olor a pólvora quemada, ni el ruido metálico de los casquillos rodando por el suelo. 

Entraste a fuego, encarando el alma, cargada hasta las trancas, con la luz de tu mirada alumbrando cada rincón, disparando palabras y besos y saliva, escupiendo versos y palabras sinceras, rompiendo recuerdos, con la prestidigitación de abrir condones en los rincones más oscuros. 

Entraste sin remordimientos, sin mirar atrás, sin preguntar si quería tu presencia o tu compañía, haciendo un butrón en el ventrículo izquierdo y haciendo allí tu morada.

Y no me preguntaste nada. 

Y allí te quedaste por siempre, mientras suena la nana de otro verano...


Hueles a pólvora y a rayos de sol... (Deeks, NCIS LA)

martes, 5 de diciembre de 2017

Saint Aquino

Han intentado doblegar mi voluntad.
Me han maltratado y sigo vivo.
Encontré a mi suerte en un party gang bang rodeada de mis peores enemigos.
Cercenaron mis alas a golpe de martillo.
Quisieron que me rindiera.
Me hicieron llorar.
Y sangrar.
Y hasta mi obligaron a arrodillarme.

Pero…

Me cansé de poner la otra mejilla. Desaté la violencia del huracán. Golpeé con los nudillos y partí dientes, con los codos, las sienes. Mordí y desgarré su carne. Aplasté su cabeza y oprimí sus ojos hasta que explotaron.


Y no quedó ni uno vivo. Todos murieron. Todos mis demonios.


lunes, 16 de octubre de 2017

Bécquer

El viento arrastró mi nombre y te lo susurró al oído.

Recordaste la primera vez que nos vimos, el primer polvo, el último beso, la caricia más tierna, mis manos lascivas entre tus piernas, mi lengua recorriendo cada uno de tus rincones, como aquellos que buscábamos para follar. Ninguno era malo. Ni nosotros tampoco.

La lluvia arrastró tu nombre y me empapó por dentro.

Empecé recordando lo vivido, llorando a la luna, aullando, como un lobo, o quizás como un jabalí herido. La pasión desmedida que brota a raudales, la saliva que cura las escaras, el sentido de los domingos por la tarde. Un paseo entre los árboles, penetrarte contra ellos, agarrarte del cuello y meterte un dedo en la boca.

La tormenta dobló nuestros nombres y los enterró en el olvido.

Y pasamos del somos al fuimos, cambiamos el cariño por el tío, nos miramos a los ojos sin reconocer lo que habíamos sido. Vimos cómo crecía un abismo entre nosotros mientras retrocedíamos, paso a paso, queriendo conservar la vida. Cobardes con un exceso de cordura. Asnos maniatados con amores baldíos.


No están hechos los tiempos modernos para hombres como tú, Gustavo, de desamor habrías muerto mil veces antes de llegar a los veinte. 


martes, 3 de octubre de 2017

Krokodil

De su costado lacerado brotaban palabras rotas,
en un idioma ya olvidado.
Sus ojos escupían lágrimas negras,
mezclando en ellas la tinta y la sal.

Cada vez que abría la boca volaban las notas de un enjambre asesino
que se clavaba en la mente y acongojaba el alma.
En sus manos florecían espinosas acacias, 
robustas y ásperas al tacto. 

No tenía voz,
no escuchaba nada,
sólo era capaz de vislumbrar aquella figura,
anonadada, impertérrita, casi congelada. 

-Y así fue como se enamoró de mi tristeza-.



Anchorage

Como en la barra de aquel bar.

El momento en el que se cruzaron nuestras miradas, el pánico a mantenerlas, el vicio de no querer dejar de hacerlo. Sonreí mientras bebías un cóctel de frambuesas con pajita, lasciva, insinuante, sin quitarme ojo. Después me guiñaste un ojo y sonreíste, olvidando la vergüenza en el vodka de tu Manhattan y te giraste.

Yo me quedé embobado, mirando tu figura y cómo te apretaba aquella falda, pensando en cómo desabrocharla, en arrancarte la blusa y morderte el cuello, en bailar sevillanas agarrándote del pelo, en el sonar de muelles y crujir de camas, en los gemidos, y el cómo el sudor se mezclaba sobre el suelo con la esencia, después de habernos corrido.

Con la ventana abierta, dejando que la escarcha nos abrazara, sabiendo que sólo somos hijos de la madrugada.

Después me acerqué a ti, y te susurré al oído todas aquellas cosas que todo el mundo pensaba y que nadie te decía por educación, por principios o por falsa caballerosidad. Volviste a sonreír y me acariciaste la barba.

Te dejé una nota, con mi número y una desiderata: tus labios de fuego jamás podrán besar al hombre cuyo corazón yace en Alaska. 


"Si me pongo serio quien sonríe es el diablo" (Piezas).