Supongo que todos nos imaginamos alguna vez cómo será el día de nuestra muerte, pensamos en quién irá al funeral, cómo moriremos, de qué manera o cuándo, y por mucho que nos hagamos a la idea, jamás se aproximará al mismo hecho. Recuerdo una canción que decía "y el final feliz será ver que los tuyos aceptan vivir si ti" y sin embargo no me hago a la idea.
Recuerdo, papá, hace cuatro años cómo esquivamos a la de la guadaña, por avatares del destino, un partido de pádel, una zapatilla desgastada, una fractura de tibia y peroné y un posterior síncope sin ningún sentido. Las pruebas, los TAC, la aceleración de los trámites, los viajes a Madrid, a Toledo, a Ciudad Real, y esa maldita palabra que está tan presente como el mismo aire: cáncer.
Fue jodido, porque parece que no sabemos hacer las cosas en modo fácil, a nosotros nos hacen un nivel de dificultad especial: modo infierno. Te apreté, desde enero hasta la operación, tenías que llegar caminando por tu propio pie y sin muletas. Y lo conseguimos, sé que te costó sangre, sudor y lágrimas pero entraste en el Ramón y Cajal caminando, con algo de dificultad pero bien.
Casi te quedas en el posoperatorio por esa puta bacteria y la neumonía bilateral, el catéter que tenías incrustado en la pleura y que te hacía retorcer de dolor. ¡Qué huevos le echaste viejo! El ansiada alta, veinte días después en lugar de tres. Pero como no todo podía salir bien, empezamos con los brotes de la artritis reumatoide. Incompetencia de algunos, lentitud en los procesos hasta un diagnóstico y un tratamiento que mejoró algo toda la sintomatología, el biológico. Era intentar ganar calidad de vida. Te volví a poner entrenamientos, comenzaste a mejorar...
Y antes de eso, nos fuimos de caza en verano, ¡cómo los disfrutamos papá! Ahí fue cuando decidí sacarme la licencia e ir de caza contigo, como cuando tú tenías mi edad y yo era un renacuajo con rizos. Nuestra primera media temporada, cada día apuntabas los resultados, y siento decirte, que gané. Era esa época del bocadillo y el café después de ver amanecer en el campo, cuando una capa de hielo lo cubría todo. No importaba. Hacíamos buen equipo.
Nuestra última temporada de caza fue un absurdo, sin pájaros, cada día era un canto al sol para que fuera algo mejor que el último día. Entre medias te dimos unos cuantos disgustos Ana y yo, una el trabajo de operadora nuclear que la llevó al límite, yo, necesitando un cambio de aires y apostando por las unidades. Te llamaba cada tres días para contarte cómo nos habían puteado, jaja.
Brindamos esa Nochevieja, que el 2026 sea mejor que el 2025. Para nosotros, ya había sido un regalo. Desde aquel 2022 nos enseñaste a vivir, a disfrutar, a perdonar, a exprimir cada segundo de cada día. Siempre positivo, siempre una sonrisa, hasta con los brotes que hacía que se te deformaran las extremidades. Sacrificio y cojones, una educación de hombre antiguo y rectitud y estoicismo de capitán de los tercios. Pese a todo ello, y con la declaración de incapacidad absoluta, le echabas coraje para hacer lo que pudieras, unas veces más que otras, dependía del día, de cómo te levantaras.
Y en Semana Santa notaste cambios. Algo no funcionaba. Fatiga. Caminatas que subía de tiempo y se tenían que convertir en paseos. Una consulta con neumología y una lágrima cayendo por la mejilla de la doctora. De nuevo cáncer, más agresivo. De nuevo el modo infierno, a la noticia se le sumó un cólico nefrítico. Más de dos semanas de hospital. Pruebas para averiguar el alcance, y un mal diagnóstico: metástasis múltiple.
Desde aquella caída del pádel y aquella recuperación "milagrosa", pasando por todo el primer cáncer, nos unimos más, y más después de que te convirtieras en mi compañero de caza. Durante esas dos semanas compartimos charlas interminables, risas y lloros. De estos últimos, muchos. Sobre todo cuando nos reuniste, a tus hijos y a tu mujer, y con serenidad y templanza nos dijiste: "Ha estado aquí la neumóloga para darme el resultado de las pruebas. Tengo metástasis y es un tipo de cáncer que no tiene solución". En ese momento, el aire se convirtió en plomo. Era algo que sabíamos pero que no queríamos escuchar. Se hizo un silencio atronador, de ese que te comprime los oídos y hace que te marees. Mamá balbuceó: "¿Qué significa eso..?". Y de nuevo, tiraste de humor, extendiste el brazo y pusiste la mano con el pulgar estirado hacia abajo "Significa que cascote" (me muero).
Los siguientes días, ahora parece que fue hace eones y fue hace dos meses, fueron estar inmerso en una extraña dicotomía, las horas de hospital eran eternas y los días pasaban rápido. Quizás fuera eso, o esa puta y extraña tendencia que tenemos los seres humanos que sólo somos capaces de expresar lo que llevamos dentro cuando una tragedia nos arranca un trozo de corazón y nos remueve las tripas. Sea como fuere, recuerdo haber tenido una de las conversaciones más intensas contigo.
Los dos sabemos que no fuiste el padre perfecto, pero intentaste serlo. Tuviste tus fallos y tus aciertos, como todo el mundo, en ese cúmulo de imperfecciones llenas de amor que es la familia y el matrimonio. Te levantaste y caíste, más de una vez. Sacrificaste todo aquello que consideraste necesario para darnos la educación que necesitábamos. Fuiste duro cuando tocaba y aunque no expresabas el amor de manera exacerbada, todos sentíamos que nos querías. Hubo épocas en las que las pasamos putas, y, los menos, periodos de ganancias. Creo que llegó un punto en el que los dos aprendimos, el uno del otro, al pasar los treinta yo. Sé que siempre estuviste orgulloso de nosotros, aunque falláramos. Sé que siempre quisiste a mamá, aunque a veces nos uniéramos para quitarle la razón y nos amenazara con comer ensalada una semana. Y te lo dije papá, ojalá llegue, algún día, en ser tan buen padre como tú. Creo que no lo supe valorar en su tiempo aunque gracias a ello haya conseguido convertirme en el hombre que soy ahora.
Aún no te has ido y ya tengo miedo del día que nos faltes.
Piezas & Jayder - La sombra sin luz.