sábado, 17 de octubre de 2020
Momo
miércoles, 12 de agosto de 2020
Encrucijada
He llegado al borde del camino, con los pies en carne viva, el pantalón roto y los nudillos sangrando. Tengo barro en la cara, mezcla de hollín y sudor. El pecho henchido y la cabeza a diez mil revoluciones por minuto...
Y en medio de esa vorágine, intento autoescindirme mentalmente. Como una de esas ranas que se diseccionan en las clases de biología, me desnudo intentando vislumbrar que subyace bajo la piel. Diseccionando cada emoción, cada gesto, cada palabra y cada sentimiento. Decoran la escena todas nuestras fotos, con una banda sonora de canciones extrañas que jamás escuché y que deja mi mente en blanco y sin encontrar ni una sola respuesta.
Sigo en el borde del camino, y escucho pasos por detrás de unas Vans desgastadas. La brisa me trae los recuerdos de tu perfume y como si fuera un espejismo, espero que tus manos aprieten las mías... Sin conseguirlo.
Y sigo caminando.
lunes, 10 de agosto de 2020
Saigón
Gulaj
Vivir de recuerdos o morir de olvidos. Hallarse en una encrucijada entre los senderos de la razón y del corazón, y verse abocado a tener que elegir, a saber que no se puede tener todo en esta vida. Escoger. Ser valiente o un kamikaze, tomar aire e impulso, cerrar los ojos, apretar los dientes y los puños... lanzarse al vacío.
Disfrutar de la caída mientras te despeñas por un agradable abismo. Un pozo sin fondo. Como dejarse caer en el interior del Agujero Azul de Dean. Sentir la paz cuando el viento cimbrea tu pelo. No querer abrir los ojos, ni darse cuenta de que la muerte está a sólo unos centímetros.
Centímetros. Los de tu piel siendo recorrida por mis dedos. Los de la distancia que nos separaban cada noche. Aquellos que nos permitían compartir el mismo aliento, y casi el mismo sueño, y los mismos temores. Centímetros que se han tornado en kilómetros con el tiempo y la distancia, y las cagadas, con las cosas no dichas y las gritadas.
Kilómetros que hacen que una ola de frío siberiano habite en mi pecho aunque fuera haya cuarenta grados a la sombra. Ahí dentro no hay cambio climático que valga, solo hielo y oscuridad, un cuartel de guerra en obras, destrozado con obuses de realidad, y silencio. Un silencio desolador como preludio al olor a sangre y a trozos de corazón esparcidos por el suelo.
Esta noche el vacío canta su serenata más dulce. La nuestra.
sábado, 8 de agosto de 2020
La nada
domingo, 12 de julio de 2020
Hameln

domingo, 19 de abril de 2020
Treinta
El avance inexorable de tiempo, las arrugas en la cara, como las ojeras, oscuras, intempestivas y permanentes, dando igual que duermas cuatro o diez horas.
Las tres decenas están llamando a la puerta de una casa confinada, de la que sólo se sale para lo indispensable, donde los sueños tienen cadenas y la realidad pesa como un yugo.
Será verdad eso que te haces viejo y sabio a la vez, y empiezas a apreciar lo etéreo de la vida. O será el puto covid, qué se yo. Lo que en realidad constato es que tengo la barba más larga y menos pelo, y que una procesionaria de canas empieza a cubrirme el cabello y la barba. Antes decía que eran pelos muy rubios, casi chernobílicos, pero la verdad es que no y tampoco quiero ocultarlo.
Ya haré planes de futuro cuando en ocho días vengan las moiras a pedirme cuentas, y pagaré con tarjeta porque ahora mismo no llevo nada suelto.
Mientras tanto, alternaré el solarium del mediodía con las piernas colgando por fuera del balcón, con las tardes de reflexión en mi plenitud vital, mirando desde la ventana, dibujando con los barrotes que la cubren una utopía que indique el fin del confinamiento...
Ahora la miro y sonrío. Es ella. Está a mi lado y duerme, o eso finge. Me doy cuenta de lo afortunado que soy de compartir la vida, y de esperar juntos que vengan los treinta.


