El viento arrastra un aullido de todas aquellas versiones
alternativas de un futuro no vivido y de un pasado escrito, golpea en la cara
fuerte como la arena, hace que claves tus pies en el suelo y te inclines hacia
adelante, sin saber que no servirá de nada. Como escribía José Javier, yo seré
el testigo de cuántos “cómo hubiera sido” enterraré conmigo.
El presente ahoga, agarra por la garganta y lame la cara
mientras te susurra “vive mientras puedas”. Y en ese instante se amontonan en
mi retina todo aquello con lo que había soñado desde que era un crío. Supongo
que será la edad, que los objetivos vitales cambian, o quizás sea una
reticencia expresa a admitir el fracaso.
Entre tanto un impulso recorre el pecho, como un torrente de sangre, una voz dormida, un grito ahogado y unas ganas de salir corriendo hasta cruzar el horizonte.