Al fondo a la derecha de este antro irlandés, entre las luces nimias del que no quiere mirar y del que no quiere ser visto, con la mirada oscura, más que una pinta Guinness, nos encontramos. Antaño habría un remolino de humo gris y el olor a jumera, pero gracias a la ley antitabaco, sólo queda de eso la pegajosidad del suelo por la espuma vertida.
Como animales enfermos que han sido apartados de sus
congéneres, aquí nos hallamos, soñadores, poetas, divorciados, cobardes, idealistas
e imbéciles que imaginaron su realidad de otra manera. Disfrutamos de un
silencio denso mientras el alcohol acalla los alaridos del alma, impertérritos,
impasibles ante el paso del tiempo, anestesiados, psicópatas inocentes que no
se han dado cuenta de haberse vueltos adictos al dolor.
Somos el coraje hecho rutina, el cansancio en los ojos del
héroe, bestias de carga cosidas a latigazos que de vez en cuando trastabillan y
caen pero que jamás se rinden.
Me miraron las cicatrices y me preguntaron cuánto tiempo más
aguantaría, y yo, me encogí de hombros. Supongo que ese es el silencio que
únicamente los animales entendemos.
En esa insonoridad perpetua se cruzan nuestras pupilas, como
una especie de telequinesis, en las que ninguno de los dos quiere abrir la
boca, bailan miedos a preguntar, danzan terrores a responder, formando una bacanal
de certeros horrores imaginados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario